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Familia siria en Argentina se adapta a la vida porteña

Por Magui Masseroni y Jenny Schwartz

BUENOS AIRES, Argentina(ACNUR) - L.S. (a pedido de los entrevistados no se utilizarán sus nombres) tiene 29 años y llegó a Buenos Aires, Argentina, embarazada de siete meses junto a su esposo M.A. hace 3 años huyendo de la violenta guerra en Siria. Tras atravesar más de 12.400 kilómetros de distancia llegaron a la capital porteña donde pudieron reencontrarse con sus padres, madres y hermanos que también habían llegado escapando del conflicto en Medio Oriente.

Antes de que la guerra se apoderara de las calles, L.S. trabajaba en una reconocida empresa como secretaria y su marido en un alto cargo en un banco. “Mi hermano tenía una peluquería y mi papá tenía una flota de camionetas muy grande para trasladar pan árabe (pita) para el restaurant más grande de allá”, relata triste L.S. Pero la situación se volvió insostenible y no tuvieron otra opción que irse.

“Ahora en nuestro país no hay democracia, hay militares en todos lados. Y eso es una situación muy complicada que trae muchos problemas”, detalla L.S, la menor de 6 hermanos.

En Siria no visualizaban un futuro de una buena vida para su hijo. Esta situación, sumada a los bombardeos que sufrían cotidianamente los llevó a irse repentinamente. L.S. habló con su hermana quien vivía hacia varios años en Argentina y le pidió ayuda. Entonces su hermana se informó sobre los procedimientos para que su familia ingresara al país, así L.S. llegó a Argentina reconocida como refugiada.

Desde la capital siria Damasco, L.S. y M.A. se trasladaron hacia Beirut, en el Líbano, dejando su casa, trabajo y amigos. “Fuimos con mi marido manejando en auto directamente al aeropuerto, compramos los pasajes y ahí mismo partimos en avión hacia Argentina”, cuenta L.S.

Si bien al comienzo fue difícil encontrar un lugar donde vivir y todavía están buscando un trabajo que les genere más ingresos, están tranquilos y contentos. “Yo estoy muy feliz, muy contento, yo amo Argentina. No quiero mudarme más, me gusta”, describe M.A, que trabaja en un restaurante de comida árabe.

L.S., rodeada con un pañuelo de colores que combina con su ropa, escucha atentamente a la profesora de español que todos los martes y jueves da clases de idiomas en la Fundación Católica Argentina para las Migraciones (FCAAM), organización socia del ACNUR en la implementación de proyectos de integración local.

L.S. asiste junto a sus hermanas mayores, que prefieren el color blanco para sus pañuelos, y un grupo de 16 refugiados de Haití, Colombia y Ucrania, entre otros países. “Estoy contenta de poder participar de las clases porque cuando llegué a Buenos Aires tuve que cuidar a mi bebé y no tenía con quien dejarlo, ahora cuento con el apoyo de mi cuñada, que tiene tiempo para ayudarme”, explica.

En cuanto al aspecto religioso M.A. dice que no es un problema y presenta su postura: “Creo que la religión va por el corazón, no por la boca. Entonces si mi esposa quiere dejar de usar el pañuelo, por mi está bien. Hay que respetar a la gente, ayudarla. Eso es religión. Para mi eso es mejor que rezar todos los días, porque podés rezar todos los días y salir a robar todos los días también”. Sin embargo, aclara: “Hay días que necesito tranquilizarme y voy a una mezquita muy grande y linda que queda a cinco cuadras de nuestra casa”.

M.A. destaca que pudo integrarse muy bien a la sociedad argentina: “Me gusta la gente, son muy buena onda. Los argentinos se ayudan mucho. Por ejemplo si vos necesitás algo en la calle, paran y te preguntan. En ese sentido es parecido a Siria”. Y agrega: “Tengo muchos amigos porteños, entre ellos Maxi, Gonzalo y Sebastián. Ellos son mis hermanos y están para lo que necesite. Además, compartimos charlas y comidas”.

Cuando L.S. y M.A. -que llevan 5 años de matrimonio- hablan sobre sus sueños, miran a su hijo, de tan solo 3 años, que el año que viene ya comenzará a ir a la escuela. “Nosotros no queremos problemas con nadie. Estamos acá por él, por su futuro, para que tenga todo lo que necesite: tenga salud y educación”, resalta M.A.

“No quiero comprar un auto, ni una casa, quiero vivir en paz. Pasear con mi mujer y con mi hijo sin los ruidos de bombazos”, concluye M.A.

Fonte: ACNUR - 09.11.2015

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