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Hay menos migrantes en Europa, pero se sigue hablando de una crisis

Miles de migrantes llegaban todos los días a las playas de Grecia. Otros miles arribaban todas las semanas a los puertos de Italia. Cientos de miles cruzaban todos los meses por las fronteras de Alemania, Austria y Hungría.

Pero eso fue en 2015.

En comparación con la situación actual, después de que hace tres años Europa alcanzó el punto más alto en la crisis migratoria, las playas griegas están en calma. Desde agosto del año pasado, los puertos de Sicilia han estado relativamente vacíos. Y aquí, en la remota isla de Lampedusa —el punto más austral de Italia, que en algún momento fue la vanguardia de la crisis—, el centro de detención de migrantes se ha mantenido en silencio durante largos periodos. El lunes 25 de junio, las personas que visitaban el campamento pudieron escuchar tan solo el trino de las aves.

“No había estado así de callado desde 2011”, comentó el alcalde de la isla, Salvatore Martello. “La cantidad de arribos se ha reducido de forma drástica”.

Es la paradoja de la crisis migratoria en Europa: el número real de migrantes ha regresado a los niveles previos a 2015, aun cuando las políticas de migración continúan sacudiendo al Viejo Continente.

La caída precipitosa de los arribos de migrantes no quiere decir que Europa no esté enfrentando desafíos importantes. Los países siguen luchando por absorber las cerca de 1,8 millones llegadas por mar que ha habido desde 2014. Ha aumentado la ansiedad de la población en países como Alemania, después de las agresiones notorias que involucraron a migrantes, entre ellas: el asesinato de un estudiante alemán de 19 años y el ataque terrorista en un mercado navideño que causó la muerte de doce personas.

Además, los dirigentes aún están en profundo desacuerdo respecto de quién debe responsabilizarse de los recién llegados: los Estados fronterizos como Grecia e Italia, por donde la mayoría de los migrantes entra a Europa, o los países más ricos como Alemania, adonde muchos migrantes intentan llegar posteriormente.

Sin embargo, lo impactante es la cantidad de dirigentes, en particular dentro de los partidos de extrema derecha, que siguen dando la impresión, con éxito, de que Europa es un continente sitiado por migrantes, a pesar de que las cifras ilustren un panorama muy distinto.

“Hemos fracasado en la defensa de la invasión migrante”, declaró hace poco en un discurso Viktor Orbán, el primer ministro húngaro de extrema derecha. Orbán logró que cualquier húngaro que ayude a migrantes no autorizados deba cumplir una pena en la cárcel.

Desde principios de junio, también Matteo Salvini, el ministro italiano del Interior, cerró los puertos de Italia a los botes de rescate de organizaciones humanitarias. Horst Seehofer, el ministro alemán del Interior, ha amenazado con regresar a los refugiados que lleguen a la frontera sur de su país.

Las tácticas parecen haber funcionado. Según información que divulgó la Unión Europea el mes pasado, los europeos están más preocupados por la inmigración que por cualquier otro problema social. Sin embargo, la realidad es que, a pesar de la retórica, la migración ha regresado a los niveles que se tenían antes de la crisis y ya lleva así algún tiempo.

En 2015, más de 850.000 personas llegaron a Grecia en busca de asilo; con el tiempo, la mayoría logró avanzar hacia los países del norte de Europa como Alemania. Hasta el momento, en este año poco más de 13.000 personas han realizado el mismo trayecto. En 2015, más de 150.000 migrantes llegaron a Italia; este año, hasta ahora la cantidad es menor a 17.000. En 2016, cuando las solicitudes para ingresar a Alemania alcanzaron su punto máximo, el promedio mensual de personas en busca de asilo fue superior a 62.000. Este año, ese promedio ha caído a poco menos de 15.000, la cifra más baja desde 2013.

“Es una crisis inventada”, señaló Matteo Villa, un especialista en migración del Instituto de Estudios de Política Internacional de Italia. “El flujo elevado de los años anteriores apuntaló a los partidos nacionalistas, que están creando una crisis propia con el fin de anotarse puntos políticos a partir de golpes bajos”.

La disminución se debe en parte a la firma de acuerdos. Varios gobiernos europeos han firmado acuerdos de deportación con Sudán, cuyo líder, Omar al Bashir, ha sido acusado de crímenes de guerra. Un acuerdo con Níger ha servido para que se tomen medidas severas en contra del contrabando en el Sahara Occidental. Y el acuerdo más controversial: en 2016, los gobiernos alemán y neerlandés firmaron un acuerdo con el régimen autoritario de Turquía que ha provocado una caída inmediata y drástica de la migración a Grecia.

En la actualidad, el desafío que tiene Europa recae principalmente en el proceso: cómo albergar a refugiados que esperan las resoluciones de sus casos, cómo integrarlos a la economía y la sociedad si se aprueban sus solicitudes, así como encontrar la manera de deportarlos si no se aprueban. Estos retos están vigentes y al mismo tiempo los funcionarios todavía tienen que abordar en su totalidad el problema de los miserables campamentos de migrantes en Grecia, los cuales albergan a cerca de la mitad de los 60.000 refugiados que han llegado al país pidiendo asilo, o el de la economía clandestina en Italia, donde explotan a una gran cantidad de los 500.000 migrantes no autorizados en el país.

Mientras tanto, los gobernantes que promueven agendas antiinmigrantes, aunque capitalizan el problema de la migración, están lejos de tener una postura unificada. Italia quiere desechar las regulaciones de Dublín, que estipulan que los refugiados deben permanecer en el país de la Unión Europea donde se registraron primero, y distribuir a los migrantes por todo el bloque. No obstante, los dirigentes de mano dura como Orbán, Seehofer y el primer ministro de Austria, Sebastian Kurz, se rehúsan a compartir la carga de Italia y Grecia.

Y, en la lejanía de Lampedusa, da la impresión de que el debate no se trata tanto de los detalles en la gestión de la migración, sino del abismo que se ensancha en Europa entre las fuerzas liberales y las que no lo son.

Es “una guerra ideológica”, opinó Martello, el alcalde. “Europa está dividida en dos bloques principales: uno defiende las fronteras y el otro en verdad intenta resolver la situación”.

Fonte: NY Times

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